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Río Amarillo.
La vida es a menudo un paraje remoto,
un lugar tan lejano como el río Amarillo.
Patético microbio que sufres para nada
y lo haces por todo,
deja dictar al cielo, a la bóveda pétrea
que te enjaula en su bote de certezas,
sus palabras sinceras.
Deja que fluya el verbo que administran
las nubes y recibe sus golpes.
Hombrecillo de nácar apenas existente:
la vida es a menudo un lugar amarillo.
Flamean los incendios y tiemblan alacranes
pero tú te amputaste la pinza de veneno
y te hiciste con ella las lentillas de amianto.
Deja que fluya el verbo
y recibe sus golpes.
Y recibe sus golpes.
Autopista
Por la gruesa autopista
los coches son fanales, luces entre la niebla.
Un enjambre veloz que fluye como savia.
Nadie camina al margen,
rotundos quitamiedos anulan el paisaje
te desguazan el alma si intentas alcanzarlo.
Es la línea trazada,
debes seguir de frente, evitar el cansancio.
Si sigues al volante tendrás una mujer
rozándote la nuca con sus dedos,
buscará en el dial la música apropiada.
Por el retrovisor surgirán las cabezas
de los niños inquietos.
Sus juegos y peleas te insuflarán aliento.
Es la vía veloz que hicieron tus mayores.
La cuneta es residuo de coches averiados.
Más allá los caminos que buscan la autopista.
